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del Autor
Un perfeccionista saludable, como yo, no persigue la excelencia absoluta, porque sabe que la perfección solo existe en el mundo de las formas de Platón. En la escritura, como en la vida, valoro más el progreso que el desenlace, aunque en el resultado final se aprecie en parte el esfuerzo que supuso el día a día. Cada jornada comienzo limpiando los rescoldos del día anterior, ordeno lo vivido y agradezco las aportaciones que ya cumplieron su función. Y en cada párrafo que mejora, en cada escena que cobra forma, en cada emoción que logra quedarse, en cada certeza silenciosa de que la obra comienza a ser verdadera, surge la sensación de ser guiado mientras avanzo firmemente como si el final estuviera cerca, a la vuelta de cada esquina, aun sabiendo que quedan muchas esquinas por pasar.
En mi vida como infante, la disciplina del orden me enseñó que caminar despacio no es retraso, sino sabiduría. Ese ritmo pausado, reflexivo y necesario, ese aprendizaje silencioso de paciencia que guía mi novela a lo largo de un arco temporal de veinte años, que dosifica los acontecimientos y permite que respire cada escena, conduce la veracidad de los hechos hasta el punto exacto donde deseo que el lector la perciba.
El propósito es que la obra alcance el reconocimiento que considero posible y, sobre todo, que despierte en quien la lea una conexión auténtica, un hilo invisible que lo atraviese, una emoción capaz de invitarlo a detenerse, cerrar el libro y reconocerse en una fidelidad compartida entre lo narrado y aquello que quise transmitir.


